
Hubo una época, hace ya varios años, en que dar la partida para el inicio de las negociaciones en la bolsa de Nueva York era considerado todo un honor. Solo los representantes o CEO de los países y empresas más importantes del planeta eran invitados tocar la campana de largada. Era aún, en ese entonces, un raro privilegio.
Las cosas cambian. Desde finales de la década de 1990, con la crisis asiática, rusa, mexicana --efecto tequila-- y la explosión de la burbuja de las acciones tecnológicas, la manera azorada y de casi metafísica admiración con la que el mundo miraba a Wall Street dejó de ser la misma.
Pero no fueron solamente los desastres financieros los que cambiaron una casi pleitesía por desasosiego y desconfianza, si no también los escándalos y los fraudes. Aquellos desastres no suelen poder ser achacados a una sola persona o institución (fuente Ovejuna, todos a una y, si todos fueron, responsable es ninguno) sin embargo, los escándalos por desfalcos, malversación, robo, estafa y demás sí tienen responsables con nombre y apellido y rascacielos con inmensas marcas en letreros luminosos y aviones privados y corresponsal en el Capitolio.
Enron, Tyco, Arthur Andersen, Worldcom, Xerox y últimamente casi los más representativos bancos del status quo de EE.UU. estuvieron (o todavía están) en problemas. Alguno, como Lehman Brothers, el tercer banco de inversión más grande de ese país, quebró y los que quedaron debieron ser comprados para no correr la misma suerte (Merrill Lynch, Bear Stearns) o convertirse en bancos normales, silvestres y... regulados (Morgan Stanley y Goldman Sachs).
El mundo sufre una crisis de confianza que se transformó en una crisis económica cuyo único referente es la depresión de la década de 1930. Maravilloso. ¿Y a quién mira todo el mundo como el gran responsable de la quiebra de empresas, pérdida de empleos y despatrimonialización, caída de la producción y precios al alza? Pues a Wall Street, donde empezó todo y, lógicamente, el desprestigio campea y con él la indiferencia. Nadie quiere salir en la fotografía junto a Bernard Madoff, tal vez ni siquiera a quien el hoy encarcelado especialista financiero, hizo ganar millones el año pasado.
Si antes el Primer Ministro del Reino Unido o el Rey de Suecia tocaban la campana inaugural, hoy ese privilegio se le da a cualquiera que demuestre suficiente confianza en un mercado que se cae a pedazos y en que los inversionistas se fijarán en ellos porque el efectivo abundante y asustadizo, debe ir a alguna parte (tener dinero sin invertir equivale a perderlo… costo de oportunidad se llama). Y se llegó al extremo que el año pasado, mientras las cotizaciones se pulverizaban, nadie quería tocar la campana... y menos la de cierre. Es un asunto de ego.
Así, los gerentes de algunas empresas que hasta hace no tanto ni soñaban con ir a Nueva York, mucho menos listar sus acciones en el primer mercado de valores del mundo, ahora son visitas regulares. La semana que pasó, el honor recayó en manos de Bob Esponja, el simpático personaje de la serie de dibujos animados de Nickelodeon. Y hasta se paseó por el piso de negociación, entre market makers, traders, pantallas de Bloomberg y banners de cotizaciones. Por supuesto, también entre aplausos y risas.
Eso no es algo negativo para los nuevos invitados, si no todo lo contrario. Es el mejor momento para que quienes han estado históricamente relegados y han hecho bien su tarea, se acerquen y digan ¡presente! Este lunes, el ministro de Economía y Finanzas del Perú, Luis Carranza, dio el campanazo acompañado de las AFP, entusiasmadas por estar inscribiendo un nuevo instrumento de inversión en esa plaza bursátil. Eso es positivo, para el mercado de capitales peruano y en alguna medida, en el largo plazo, eso sí, de los fondos de los afiliados a las AFP. Pero aún no.


Me gusto mucho tu blog..
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